La historia del Cirineo, el santo robado

Rostro de El Amo Jesús. Con casi medio siglo de existencia, fue uno de los primeros pasos
que formaron las procesiones de Semana Santa en Silvia, Cauca.
Silvia es un pequeño municipio al suroriente del Cauca, Colombia. Su gente, cálida y fervorosa, se reune cada año en torno a la Semana Santa para conmemorar una de las fechas más importantes del catolicismo: La crucifixión y resurrección de Cristo. En esta crónica, se narra una de las historias más peculiares sobre este acontecimiento religioso, el anécdota tras uno de los santos más emblemáticos de Silvia.

«Fíjese que uno… muchas veces pasa el tiempo, pasa el tiempo, y no se tiene la precaución de algún recuerdo. Y últimamente se han necesitado muchas cosas del pasado». Reflexiona Don Gerardo, al no poder asegurar cuántos años lleva cuidando de El Amo Jesús, si cuatro o cinco décadas. «¡Uhh! ¿Cuánto hace?... años… años».

 Gerardo Bolaños es un hombre de voz fuerte y cabello cano. Hay que hablarle casi a los gritos, pues la edad ha ido acabando con su oído. Más no ha podido menguar su sentido del humor ni algunos de sus mejores recuerdos. Desde que en su juventud dejó de cargar en el paso de San Juan para convertirse en uno de los síndicos de El Amo Jesús, ha dedicado su vida a cuidar y preservar aquella imagen que engalana las procesiones de la Semana Santa en Silvia, Cauca.

Años atrás antes de la conformación de la Junta Permanente Pro Semana Santa o de los más de 28 pasos que salen actualmente, existían las procesiones, aunque diferían bastante de las que presenciamos hoy en día. Los cargueros, usualmente seis, no usaban túnicas especiales pero sí sus mejores ropas; pulcras y planchadas. Tampoco existían los alcayeteros, aquellos niños que acompañan el paso y cargan el instrumento de madera del que deriva su nombre: la alcayata. No había estandarte ni mayor parafernalia. Eran sólo los hombres, el anda y la figura de madera o yeso que la adornaba. Un sencillo y fervoroso desfile acompañado de cristianos que alumbraban el camino a lado y lado con velas en mano.

Por aquél entonces Gerardo era un joven motivado e impetuoso. Trabajaba en un colegio de monjas cerca al templo principal del pueblo y acababa de ser nombrado por los “artesanos viejos” como uno de los cuatro síndicos de El Amo Jesús. «Junto al finado Napo Quijano, finado José Guevara y Ariel Fernández». Debían encargarse como todo síndico, de cuidar la figura del polvo y los insectos, de limpiar y preservar el anda, de mantener el paso listo en cada procesión, de conseguir los cargueros, y adornarlo con flores de un color específico cada procesión.

En un principio, como en toda sociedad, las manos unidas dieron fruto y juntos consiguieron hacer que El Amo Jesús estrenara anda: Un ancho soporte de madera en el que se posa alguna escultura alusiva a la pasión de Cristo. Una estructura cercada por candeleros y rematada a lo largo con barrotes, bajo los cuales posan los hombros de los cargueros en las procesiones. Un poco difícil de describir y un tanto más difícil de conseguir. Sin embargo, en aproximadamente un año y medio, por $80.000 de aquél entonces, lograron conseguir el anda que soportaría durante 27 años el peso de El Amo Jesús.

Gerardo Bolaños es uno de los síndicos más antiguos. Su compromiso y dedicación con los rituales
de Semana Santa son un incorruptible legado para su familia y un ejemplo para las nuevas generaciones.

«Muchachos, se van a llevar el anda, que la necesitan pa’ Usenda; que la necesitan pa’l Sepulcro. De modo que ustedes verán que van a hacer para un anda». Fue la advertencia que puso a Gerardo y demás síndicos  a demostrar su compromiso con el santo. Un reto inesperado pero que no pudo con la obstinación de aquellos hombres.  Se necesitó de un año más de esmerado empeño para  conseguir un anda definitiva y mejorada. «El problema con la antigua, es que la cruz salía del cuadrante 50 cm». Ahora el tamaño era el ideal, «pero ninguno de nosotros tuvo presente un detalle: El Cirineo». Habían pasado por alto al hombre que según las santas escrituras fue el encargado de ayudar a llevar la cruz hasta el Gólgota, donde se llevaría a cabo la crucifixión más memorable de la historia.

El entonces joven Gerardo recordó que en el segundo piso del templo había una hilera de figuras de Santos probablemente hechos en yeso, que los “artesanos viejos” le habían mostrado. «Estos son Felipe y Santiago, los (patrones) fundadores del pueblo. Estos los trajo un tal Manuel Tombé, de Quito», le dijeron. Y con una idea en mente partió junto con Napo y Ariel buscando al párroco de Silvia.

—¡¿A ver, qué quieren los indios?! –Preguntó el sacerdote.
—Padre, los indios hemos venido a pedirle un favor. —Respondieron los síndicos.
—¡Yo no le hago favores a nadie, y a los indios menos! –Declaró tajantemente.

El particular acento sureño del párroco no menguó en absoluto la contundencia de sus palabras. Las cuales subieron aún más de tono al enterarse de que “los indios” venían a pedir prestado uno de los muchos santos que se guardaban en el segundo piso, para que acompañara en el anda al Amo Jesús. «¡Salgan de  aquí¡ ¡¿Qué es que no se han ido?!», seguía vociferando el alterado sacerdote mientras los tres muchachos abandonaban el templo.

Mucho era el trabajo invertido en la imagen y muy poco lo que faltaba para que estuviese lista. Gerardo Bolaños quería un Cirineo para su Cristo y no iba a irse sin él, por mucho que al padre no le gustara. «Espérenme aquí», fue lo último que escucharon sus compañeros antes de verlo partir presuroso hacia el colegio. «¿Un talego? ¿Y para qué quiere un talego?», le respondió la Madre Nimbaya, cuando el joven trabajador se acercó a la cocina del colegio para pedirle un costal de los usados para guardar harina. «Bien planchadito, bien bonito», recuerda que se lo entregaron las monjas aún sin saber con qué fin sería usado. Más la evidencia de lo que sucedería aquél día hace décadas, aún hoy se puede apreciar cada año en Semana Santa.

Llegar al ático del templo parroquial no fue gran hazaña. Gerardo conocía el camino y la ubicación de los santos. La figura del quinto apóstol llamado por Jesús, seguramente no hubiese tenido tiempo de gritar, si estuviese viva, al sentir como en cuestión de segundos un hábil joven lo cubría de la cabeza a los pies, para luego sacarla en hombros por la puerta principal como si fuese un bulto cualquiera.  El pequeño apóstol Felipe había abandonado la iglesia, pero pronto regresaría acompañando a su Señor.

Un vecino que pasaba cerca se ofreció a ayudar a Gerardo. «Siempre es que está pesadito», comentó al cargar el costal hasta la casa de Don Novarino; el mismo carpintero que construyó la nueva anda, ahora se encargaría de acomodar las imágenes sobre ella. «Aquí va el Amo Jesús… y aquí está su Cirineo». Puesta la cruz y marcada la base, ese sería su puesto de ahí en adelante.

Pero cuando todo parecía resuelto, la instalación del Cirineo y su acoplamiento al anda se vieron interrumpidas cuando un compañero agitado llegó gritando: «¡Gerardo! ¡Gerardo! ¡Ahí viene el padre!». Fue entonces cuando Felipe, por segunda vez en un mismo día, fue arrebatado por el síndico. Saltando por el solar de la casa y huyendo entre un maizal, el intrépido joven escondió la imagen tallada. A lo lejos se escuchaba el padre: «¡Pícaros! ¡Pícaros!... ¡A la cárcel se van!... ¡Ya sé que estos son los ladrones del santo!».

Aunque la pequeña figura se asemeja más a la iconografía clásica del Apóstol Simón,
para los pocos que conocen su historia es y siempre ha sido el Apóstol Felipe;
y desde hace más de cuatro décadas es para todos los silvianos: El Cirineo.

En el garaje de Don Miguel Sterling se guardó el anda hasta el martes en la mañana, el día de la procesión. En una esquina se organizó a El Amo Jesús y a su ayudante, no menos pulcros que sus síndicos y cargueros. «Pero sin sacerdote no hay procesión y antes de iniciar, había cosas por reclamar». Como era de esperarse, las amenazas de una condena en la cárcel fueron lo primero que profirió el párroco cuando encontró a Gerardo y sus compañeros. «Tranquilo padre, que la cárcel no se ha comido a nadie y si es de irnos, allá nos vamos», respondió un decidido Gerardo. Entre plegaria y plegaria, los reproches del sacerdote acompasaron toda la procesión. Mismos reproches que no cesaron ni siquiera ante la promesa de que el santo sería devuelto el viernes siguiente.

Tres días pasaron, y en una conversación casual con un vecino, Gerardo descubrió que la controversial imagen del apóstol Felipe era requerida para acompañar a la de Santiago. Pero no en su habitual residencia en el desván de la Iglesia, sino en la parte trasera de un carro. Aparentemente las intenciones del padre con ambas esculturas eran más comerciales que espirituales.  Según comenta Don Gerardo, fueron varias las personas  que se percataron de aquél suceso. Por ello, la noche misma de la procesión de El Amo Jesús, unos hombres se acercaron a los síndicos con una propuesta contundente: «Cuando acabe el desfile, no paren en la esquina. Ustedes sigan derecho y en cualquiera de sus casas guardan al Santo, al Cirineo». Y así se hizo.

 Terminado el recorrido tradicional, los cargueros siguieron su camino hasta la casa más cercana. «Llegamos y lo primero que hicimos fue desmontar la cruz y bajar al Cirineo. Envolverlo en unos costales y echarlo al tumbado», recuerda Don Gerardo.

Unos pequeños monaguillos tocaron a la puerta. Justo en el momento en el que un auto  pasó frente al lugar.

—Que manda el padre por el santo… –Anunciaron los jóvenes.
—Vea, en ese carro que va allá mandamos al Cirineo. –Se apresuró a responder Gerardo.
— ¿En ese lo mandaron?... ¿Sí? –Reiteraron incrédulos los acólitos.
—Sí –Respondió una última vez.

Y se fueron.

***

Cada Martes Santo el Amo Jesús es cargado desde la colina de Belén hasta el templo principal.

Sábado en la mañana y los amigos se encontraban departiendo «Donde la finada Ligia». Un par de tragos habían sido servidos, cuando un fuerte grito los hizo virar de inmediato: «¡Gerardo Bolaños! ¡Napo Quijano! ¡Ariel Fernández! ¡Se robaron el santo, pero a la cárcel se van!». No era difícil suponer quién profería tan particulares consignas; a las cuales Ariel, un poco entonado por el licor, respondió sin reparo: «¡Ve, este viejo huevón! El ladrón sos vos. Porque te robaste a Santiago y lo vendiste ¡Somos nosotros los que te vamos a denunciar!». No hubo más gritos, no hubo más reclamos. Las palabras de Ariel tuvieron un efecto inmediato en el párroco, puesto que sin pronunciar palabra, dio la vuelta y su silueta se perdió en el horizonte.

«Ese padre nos va a denunciar. Pedí permiso en el trabajo para ir a ver dónde va a demandarnos». Establecido el pacto, Gerardo llegó hasta la casa de Dolores Patiño, «una señora muy formal. Muy amiga de mi mamá». Quien una vez enterada de la situación, muy amablemente ofreció su casa para la labor de espionaje: «Bien puedan, éntrense. De aquí pueden chequear si el padre pasa derecho a la Alcaldía o entra acá al Juzgado».

Era el lunes posterior al Domingo de Pascua. Ya no habían procesiones, ni pasos, ni andas; pero la tensión generada en los días pasados aún se sentía en el aire. «Se nos llegaron las doce y media de la tarde… y nada. Vinimos a almorzar y volvimos a bajar por el río para no ser vistos. Se nos llegaron las cinco de la tarde… y nada». Cansados de esperar, los síndicos de El Amo Jesús, se dirigieron a la Alcaldía.

Con la determinación que los caracterizaba, lograron llegar hasta el despacho del Alcalde Pedro Nel Córdoba, quién escucho su versión de los hechos: Los ires y venires del Cirineo. «Déjenlo y váyanse tranquilos. Si el viene aquí, lo primero que le digo es que traiga al santo (Santiago) o lo demando yo a él». Misma posición que asumió Rufino Córdoba, encargado del Juzgado Municipal, al conocer la historia. «De ahí ya nos vinimos, pero no por el río, sino por la calle», dice orgulloso Don Gerardo.

Los síndicos bajaron en la tarde del día siguiente a la Alcaldía y luego al juzgado. Repitiendo la misma pregunta y recibiendo la misma respuesta:

—¿Ha venido el padre aquí?
—No.

Se perdió el padre.

«Por ahí como cuatro o cinco meses, pues que el padre se fue». Al año siguiente, José Guevara se retiraría del grupo, rehusándose a dar «cinco centavos» para arreglar la imagen. Napo Quijano tomaría la misma actitud poco después. Ariel Fernández seguiría firme hasta el día de su muerte. Desde que las velas para El Amo Jesús costaban 15 centavos, hasta hoy en día que cuestan $4.500, el ahora anciano Gerardo y su familia siguen encargándose cada año de lucir la imagen, ponerle flores y prepararlo para el desfile.

La figura del apóstol Felipe, el mismo que causó la discordia hace cuarenta o cincuenta años, sigue siendo el mismo que en la actualidad acompaña al Cristo a llevar la cruz. Así como llegó de Quito el siglo pasado, así mismo sale siempre. «Una vez le pusimos un gorrito de lana, pero se lo robaron en la iglesia», se ríe Don Gerardo.

El relato del pequeño Cirineo es sólo una de las muchas anécdotas que conforman la historia de la Semana Santa en Silvia.
Parte de la historia de un pueblo que cada año reúne a jóvenes y mayores en torno a una tradición. La cultura de la fe. 


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